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La atención plena en la vida cotidiana: pequeños hábitos para un mayor bienestar

En nuestra vida diaria pasamos gran parte del tiempo funcionando en piloto automático. Hacemos, pensamos y reaccionamos sin darnos cuenta de lo que realmente está ocurriendo dentro y fuera de nosotras y nosotros. La neurociencia ha identificado que cuando vivimos de esta manera, sin poner atención a nuestras experiencias, lo desagradable se percibe aún más desagradable, y lo agradable pierde intensidad y presencia.

Ejercitar la atención es fundamental para el bienestar emocional. La atención es como un músculo: mientras más se practica, más se fortalece. Y la buena noticia es que no necesitamos grandes cambios ni largos espacios de meditación para entrenarla. Podemos integrar hábitos sencillos, concretos y profundamente transformadores en nuestra vida cotidiana.

Observar sin juicio nuestras experiencias

Uno de los primeros hábitos que podemos cultivar es observar sin juzgar la experiencia, incluyendo nuestros pensamientos y emociones.

Por ejemplo:Siento miedo cuando mi hija sale por la noche. Pienso que puede tener un accidente. Al practicar la atención, puedo reconocer: esto es miedo y esto es un pensamiento. No es una verdad absoluta ni una predicción del futuro, es solo una experiencia interna que está ocurriendo en este momento.

Cuando observamos sin juicio, dejamos de luchar contra lo que sentimos y comenzamos a relacionarnos con mayor amabilidad con nuestra experiencia interna.

Describir en lugar de evaluar

Otro hábito importante es describir lo que ocurre sin añadir valores o interpretaciones.

Siguiendo el ejemplo, describir se puede ver así

  • mi reacción corporal, como se siente mi cuerpo: estoy aprentando mi mandíbula y me siento tensa.

  • mis pensamientos, que estoy pensado: puede tener un accidente.

  • mis emociones: siento miedo.

Describir nos ayuda a salir del remolino mental y a anclarnos en lo que realmente está sucediendo. Al hacerlo, se abre un espacio entre la experiencia y nuestra reacción automática.

Cuando describimos nuestros pensamientos y aceptamos nuestras emociones, podemos manejar mejor nuestro comportamiento. Aceptar significa validar lo que sentimos, permitirnos sentirlo en el cuerpo y reconocerlo sin rechazarlo.

Al observar los pensamientos sin juicio, podemos verlos como lo que son: solo pensamientos, no hechos. Esta perspectiva reduce su impacto y nos devuelve mayor libertad interna.

Preguntarnos: ¿qué necesito ahora?

Un paso que profundiza aún más la práctica de la atención es hacernos una pregunta sencilla y poderosa: ¿Qué necesito en este momento?

No para salir de la emoción, si no para cuidar de mi, como lo haría con las personas a quienes amo. Esta pregunta conecta la atención con la autocompasión, transformando la experiencia en una oportunidad de ser más amables con nosotras y nosotros mismos.

Pequeñas prácticas, grandes cambios

Integrar estos hábitos no elimina las dificultades de la vida, pero sí cambia radicalmente la manera en que las atravesamos. Practicar la atención nos permite vivir con mayor presencia, claridad y amabilidad, fortaleciendo día a día nuestra capacidad de bienestar.

La atención se entrena intencionalmente.


 
 
 

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