Yo y mis emociones
- Meta Amelia Santos

- hace 7 días
- 5 Min. de lectura
En este artículo intentaré transmitir cómo entiendo la relación que tenemos con nuestras emociones, ya que esta relación es pieza fundamental de cómo me relaciono conmigo misma. Lo que quisiera enfatizar es que la mejor manera de relacionarme conmigo misma es aceptando todas mis emociones, escuchando el o los mensajes que me traen, reconociendo la vulnerabilidad que me muestran y aprendiendo a sostener amablemente esta vulnerabilidad — porque en verdad es solo una evidencia de nuestra condición humana.
Para esto voy a exponer cómo entiendo que funcionan las emociones, su relación con la vulnerabilidad y nuestra identidad, cerrando con una práctica que nos puede ayudar a fortalecer nuestra respuesta emocional y tener una mejor relación con cada una de nuestras emociones — y por tanto, con nosotros y nosotras mismas.
¿Sabés cómo te relacionás con tus emociones? ¿Las aceptás todas o solo algunas? ¿Sentís que te secuestran frecuentemente en los momentos más inoportunos? ¿Percibís que no tenés control de tu vida porque tus emociones toman el control de lo que hacés? Por más que querés controlarlas no lo conseguís, en algún momento te secuestra alguna... o quizás no las sentís, ninguna. ¿Vivís tu vida como en automático?
Lo que he aprendido en los últimos años de estar estudiando las emociones es que las emociones no se controlan. Lo que yo siento, es. Las emociones son reacciones del cuerpo a estímulos externos — la temperatura, el ruido, los olores, el nivel de riesgo, las personas con quienes interactuamos — o estímulos internos, como el cansancio, el hambre o nuestros pensamientos, entre otros. Es decir, nuestro cuerpo reacciona ante lo que pasa fuera y dentro de él, primero, y luego esta información llega a nuestro cerebro. Esta respuesta emocional no la podemos controlar, es involuntaria. Por eso digo: lo que yo siento, es.
Hay una tendencia a dividir las emociones entre negativas y positivas. En lo personal prefiero evitar referirme a ellas de esta manera, ya que al etiquetar a algunas como negativas fácilmente podemos darles la connotación de que son algo que no nos hace bien — cuando en realidad son reacciones involuntarias que, aunque algunas nos generan aversión y otras las percibimos como agradables, todas tienen un mensaje importante para nuestro ser. Todas nos invitan a tomar alguna acción, todas necesitan ser validadas, y nos conviene mucho ponerles atención con curiosidad, porque todas las emociones nos conectan con una necesidad.
Lo que entiendo es que las respuestas emocionales las aprendemos principalmente imitando a los adultos en nuestro entorno. También las aprendemos con la reacción que tienen nuestros cuidadores ante nuestras emociones: si estas son aceptadas y sostenidas compasivamente, o si fueron ignoradas o castigadas. De esa manera vamos aprendiendo qué emociones tienen espacio en nuestro entorno y cuáles no — y las que no lo tienen, las reprimimos o las encubrimos con las que sí son aceptadas.
La relación entre nuestras emociones y la vulnerabilidad
Todas nuestras emociones nos hacen sentir vulnerables, precisamente porque todas nos conectan con una necesidad no satisfecha de nuestro ser.
En nuestra niñez, dependientes de nuestros cuidadores, cuando estos no podían satisfacer nuestras necesidades, tuvimos que aprender — para poder sobrevivir — a no sentir esa necesidad. Y para no sentirla, desarrollamos mecanismos de defensa que vienen principalmente en forma de creencias sobre nosotras mismas, envueltas en nuestras emociones. Porque de bebé y de niña, nuestro lenguaje es emocional.
Es así que, en un intento de protegernos, desarrollamos creencias sobre nosotras mismas asociadas a nuestras emociones — y de esa manera aprendemos a no conectar con nuestra necesidad.
Lo que pasa es que no podemos borrar nuestras necesidades. Una de las más profundas es la necesidad de conexión, de pertenecer — y es de las que en la primera infancia tiende a distorsionarse, quizás como una oportunidad que nos da la vida para emprender el camino de descubrir quién soy yo, aunque ese camino pueda ser doloroso a ratos.
La relación entre nuestras emociones y nuestra identidad
Nuestras emociones son piezas que conforman nuestra identidad, son piezas del rompecabezas que llamamos YO. Por un lado cargan con las creencias que tenemos sobre nosotras mismas, pero también conllevan la necesidad de ser validadas para poder sentirnos auténticos y auténticas — es decir, necesito poder aceptar en mí toda la gama de mis emociones para sentir que me estoy respetando a mí misma. Sin embargo, esas creencias son lo que hemos construido para explicarnos la carencia de nuestras necesidades, y muchas veces son dolorosas, hasta crueles, sobre nosotras mismas.
Ambos aspectos pueden entrar en conflicto: cuando las creencias que cargan mis emociones son enjuiciadoras y dolorosas, mi tendencia natural será evitar esas emociones. Al rechazarlas, no las acepto, no las valido, no me valido — y desconozco mi propia autenticidad y mi necesidad.
También aprendemos a rechazar aquellas emociones que, cuando las expresábamos, nos rechazaban — lo cual nos llevó a encubrir una parte nuestra, es decir, a rechazar una parte nuestra.
Los detonantes o el secuestro amigdalino
Los detonantes o triggers son hiper-respuestas emocionales a situaciones que en la práctica no son de vida o muerte, pero que nuestro sistema nervioso ha aprendido a interpretar como de sobrevivencia — porque seguramente en algún momento así lo fueron.
Cuando esto nos sucede, se da todo un proceso bastante involuntario: la concentración de nuestra atención en el problema, toda la memoria que lo evidencie, y mucha actividad de diálogo interno que puede llegar a convertirse en rumiación.
Mientras más orden tengo en mi sistema nervioso y en mi mente, más capacidad tengo para manejar estos detonantes efectivamente. Si tengo poca consciencia, me va a costar mucho más salir de ellos.
Estos detonantes pueden llegar a minar mucho la confianza en nosotros y nosotras mismas y tienden a ser muy desempoderantes. La idea generalizada es que el problema son nuestras emociones — pero la verdad es que no es lo que sentimos, sino cómo nos relacionamos con lo que sentimos.
La relación con mis emociones
Hemos aprendido a relacionarnos con nuestras emociones principalmente rechazándolas, tratando con todo nuestro ser de evitar sentirlas — porque así lo aprendimos y de esta manera logramos sobrevivir. Sin embargo, para poder gestionarnos efectivamente cuando estamos emocionalmente activadas, lo que necesitamos es aprender a relacionarnos de manera efectiva con cada una de ellas.
Cuando rechazamos nuestras emociones y no las aceptamos, tienen más poder y dominan nuestro comportamiento de manera inconsciente. Al rechazarlas, no solo no las valido y las prolongo en el tiempo — también dejo sin atender mis necesidades y tiendo a conseguir justo lo contrario de lo que realmente necesito. Mi comportamiento va a estar dirigido por mi necesidad inconsciente. En resumen, mientras no tenga consciencia sobre mi estado emocional, mis necesidades, mis vulnerabilidades y mis creencias, mi respuesta seguirá siendo inefectiva. Y como bien dijo Carl Jung: le seguiremos llamando destino.
Mi propuesta es incorporar intencionalmente prácticas de mindfulness para conocerme emocionalmente: ¿cuáles son mis emociones automáticas? ¿Con cuáles tengo dificultades? ¿Cuáles me cuesta sentir? Cada uno y cada una de nosotras tiene un mapa distinto, y es nuestra responsabilidad dibujarlo. En los procesos terapéuticos trabajamos mucho la relación con nuestras emociones — y además podemos incorporar en nuestra cotidianidad la siguiente práctica para tomar mayor consciencia.
Una práctica para empezar: escribir para reconocer tus reacciones
Dedicá entre 10 y 15 minutos, al menos tres veces por semana, a registrar cómo te sentiste durante el día. Podés guiarte con estas preguntas:
¿Qué emociones resaltaron en mí hoy? Nombralas.
¿Cuál fue mi reacción ante esa emoción? Recordá que no hacer nada también es una reacción — y el diálogo interno que nadie más escucha, también.
¿Mi reacción mejoró o empeoró las cosas para mí? Incluí aquí el tono de tu autocrítica: un diálogo interno duro y cruel es también una reacción, y es muy perjudicial para tu sistema nervioso y tu salud.
¿Cómo me hace sentir mi propia reacción?
Si no estoy satisfecha con cómo reaccioné... ¿qué necesito de mí misma, o de alguien más?
Esta práctica, sencilla pero poderosa, nos ayuda a tomar consciencia de cómo nos relacionamos con nuestras emociones — y por tanto, con nosotras mismas. Porque en esa relación está una de las claves más importantes de nuestro bienestar.





Comentarios